sábado, 25 de enero de 2014

Editorial.-

 El catálogo de mentiras, promesas incumplidas, errores políticos y decisiones controvertidas que los argentinos hemos sufrido en la década pasada resultan a la fecha incontables e insoportables. Y los últimos acontecimientos son un pintoresco e ilustrativo resumen de tales dislates. Las marchas y contramarchas siempre fueron anunciadas con ceños fruncidos y ataques perversos a quienes osaban pensar diferente o proponer otro camino. Siempre la razón estaba de su parte, siempre la burla y el escarnio al disidente. Jamás se aceptó que alguien dudara del éxito de cada decisión, jamás tampoco se asumió responsabilidad por los resultados catastróficos. Siempre la culpa había sido del otro. Hoy se anula el cepo y se sigue culpando de su funesto y previsible resultado a las corporaciones, a los narcotraficantes, a los golpistas, a los directores de la petrolera que adquirió un millón y medio de dólares para pagar importaciones y remitir utilidades, omitiendo por supuesto aclarar que el Banco Central había autorizado la operatoria. Es el “relato” que le dicen. Y así todo. Ante este siniestro presente vanamente me pregunto si no es hora de dejar la soberbia de lado y apelar humildemente a la consulta previa a los expertos antes de tomar alguna decisión importante. Independientemente de la ideología política o la falta de ella, los expertos de cada tema seguramente tomarían mejores decisiones que los simples y obedientes militantes. Comprendo que les sería harto difícil dejar de lado la soberbia y actuar con sincera humildad, pero seguramente ese sería finalmente el primer paso para el reencuentro argentino. Otros países lo han logrado en la concordia y hermandad. ¿Podremos nosotros? Dios así lo quiera

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